De niños, cuando nos enseñan
las formas más básicas de representar emociones, nos dicen que la tristeza es un dibujo de un monigote llorando. Sin embargo, el artista va descubriendo que hay
muchas otras formas más allá de la básica: por ejemplo, puede dibujarse un personaje
triste en un vagón de metro lleno de gente sonriente. El belga Willy Linthout,
mediante esta novela que él mismo basa en un trágico suceso propio, nos
demuestra con creces una realidad: que las
formas para dibujar la desesperación son tan numerosas como honda sea ésta,
y que cuanto más originales y sorprendentes son, más nos impactan.
Lo que parte, bruscamente,
con un suicidio juvenil y va adentrándonos en el dificilísimo proceso que
atraviesa un padre tras la muerte de su hijo es, sin duda, una novela intensa hasta
el tuétano que no sólo funciona como un golpe en el estómago sino que emplea de forma brillante e innovadora
diversas técnicas narrativas enfocadas expresamente a hacernos partícipes,
sin análisis ni juicios, de ese dolor.
El estilo
del dibujo es peculiar, llegando a parecer al primer
vistazo feo e incompleto: un esbozo a lápiz sin apenas molestarse en borrar las
líneas sobrantes, sin pasar a tinta tinta… inacabado (un adjetivo que, en esta
historia de una muerte precoz, parece abarcarlo todo). Con él nos adentra
en la soledad suprema de un individuo rodeado de diversos personajes: una mujer
distante que siempre aparece fuera del plano; un jefe falto de empatía hasta
límites crueles –que, el día del luto, le interrumpe para comentar lo orgulloso
que está del sobresaliente que acaba de sacar su hijo-… Y el hijo, o el
recuerdo, magistralmente representado mediante la silueta blanca que los
forenses dibujaron en el suelo donde cayó su cuerpo –en la que, paulatinamente,
van convirtiéndose todos los demás seres humanos-…
La espesa negrura el autor
la salva con cierto humor, sorprendente y amargo, apoyando muchas veces en el
surrealismo
que, acertadamente, destila
la novela. Las escenas del jefe empollando huevos, de la silueta de tiza que se
levanta (“¡Jack, túmbate: ambos sabemos que estás muerto!”, le grita el padre),
o aquélla en la que él se imagina suspenso sobre las vías… desconciertan, dan
el punto literario a la desesperación
que quiere retratarse (cuyo culmen es la parte en la que el protagonista es
engullido por una alcantarilla).
Ese surrealismo complementa
a una realidad absolutamente absurda y cruel, la que vive el protagonista: la
insensibilidad extrema del resto de la gente, las acusaciones, la culpa, la
repentina fortuna familiar del resto del mundo frente a él mismo… Él, un padre
patético, conspiranoico, que intenta desesperadamente contactar con su hijo
fallecido por toda la ciudad, de todas las formas imaginables: en los
viandantes desconocidos, invocándolo frente a un espejo, en una máquina para
curar el déficit de sueño, interpretando absorto los supuestos códigos en
morse…
Sin embargo, y curiosamente,
el apabullante relato nunca entra en un
punto clave: los motivos del suicidio de su hijo. Jamás lo toca, nunca se
aproxima. Es, precisamente, una narración apasionada en torno –pero sin
acercarse, sin osar acercarse- a la realidad más dolorosa, tan temida que no
puede apenas ser conjeturada o insinuada.
La novela, en fin, más allá
del posible efecto catárquico que pueda haber tenido en el autor, es una
proclama a
no olvidar
a aquellos que se han ido. La
línea blanca del suelo representa el
recuerdo que el protagonista tiene tanto miedo del perder, de que se borre…
y que intenta patéticamente retener arrancando y conservando el suelo a pedazos
y guardándolo en su propia casa. Del mismo modo, la marca de las cenizas en el
cementerio, en palabras del protagonista, se va haciendo más y más invisible. Con
“Los años del elefante”, Linthout intenta hacer que esas marcas, cuya pérdida
en la memoria supone el terror mayor de todo aquel que haya perdido a un ser
amado, permanezcan imborrables.
“Con todos mis respetos, fue su decisión”.
“¡Pero no la mía!”




No hay comentarios:
Publicar un comentario