Ghost World, de Daniel Clowes



Olvidemos la película de 1992 (olvidémonos incluso del bueno de Buscemi). Ghost World –el cómic- cuenta la transición hacia el mundo adulto de dos amigas de 19 años que, en los 90, acaban de graduarse en secundaria. Con una premisa simple, con un dibujo que va entre lo naive y lo gamberro, el Mundo Fantasma de Clowes se publicó a partir de 1993 y supuso para el autor el reconocimiento unánime en el mundo de la historieta.
Enid y Rebecca, estas dos malhumoradas “hipsters” cuyo dilema existencial el autor nos sirve en bandeja, se enfrentan a un verano sin nada que hacer salvo charlar, mirar la tele, pasearse por la ciudad y criticar a todo personaje que se les ponga delante, ya sean snobs, cómicos, satanicos, alternativos, reivindicativos, mendigos, fulanas y un etcétera tan largo como largos son los ocho capítulos del libro.

El estilo

con el que Clowes, un enamorado de la cultura de los 50 y el cine negro, retrata las peripecias de las dos amigas es neutro e inexpresivo, con una estupenda caracterización de los personajes (punto crucial a la hora de pintarnos esta galería de frikis). El azul elegido para completar el blanco y negro da frío; va bien para contar una historia lineal y poco dramática; les va bien a estas dos protas que hablan entre ellas como aburridas, sin levantamiento de cejas… que oyen de su amiga un notición mientras miran con gesto aburrido la tele… La inexpresividad de las caras de Clowes sólo acentúa más esa sensación de apatía.

Un gran punto a favor es la simpatía por lo

políticamente incorrecto

que muestra el autor. Siguiendo la línea underground, en la narración podemos toparnos como si nada con pedofilia como en una buena peli de Todd Solondz, incesto, fantasías sexuales, nazis, asesinos en serie, adolescentes que sueñan con ser prostitutas, snuff, canceres extremos, pollas en los paquetes de galletas… ¿Uso o abuso?, ahí está el dilema. De si estas chicas y sus conversaciones están erigiendo una interesante crítica social o una provocación facilona, podría decirse que para gustos, colores. Sin duda la rebeldía contra lo establecido está en la lista de ingredientes obligados para retratar la adolescencia. Eso, junto a la excesiva importancia otorgada al look que muestran nuestras protas, la apetencia por las drogas y el sexo, el autodesprecio, la obsesión por tener pareja…  unido todo ello al siempre presente

 nexo con la infancia

que, en el caso de Enid y Rebecca, se traduce en una especie de peterpanismo y se muestra en varios símbolos, como el muñeco del mercadillo o el vinilo con la canción infantil que Enid va buscando de tienda en tienda. Es una nostalgia rabiosa, adolescente; es un querer volver al útero como respuesta inmadura a la complicación del mundo adulto.
Es un rechazo al mundo adulto, en fin. Es la actitud punk, grunge… Es un no querer irme ni quedarme, es el sueño de coger un autobús sin decírselo a nadie y empezar una nueva vida, anónima, muy lejos.

De esa inmadurez, esa “rabia adolescente”, ese torbellino mental, sale el retrato social que Clowes nos muestra, como exprimido de una verdadera mente juvenil, como una galería de personajes. No en vano, Enid se dedica a retratar a la gente, a comentarla luego con su amiga: una colección variopinta de rostros e historias. Ya Hartford Advocate comparó el libro de Clowes con el de Sallinger: efectivamente mientras lo lees te viene a la mente muchas veces El guardián entre el centeno, su retrato crítico y desgarrador, malhumorado y humorístico, de la sociedad.
Eso hace Enid, o Clowes: retratar gente. El libro entero es una apasionada
colección de personajes

al estilo Sallinger: se los describe odiándolos, criticándolos, burlándose de ellos, riéndose de sus rarezas… pero adorándolos dentro de su estupidez, de sus fallos y frikadas: de su imperfección, al fin y al cabo.



“Odio los cómics. Odio a todo aquel al que le gusten los cómics.”

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