Olvidemos la película de
1992 (olvidémonos incluso del bueno de Buscemi). Ghost World –el cómic- cuenta la transición hacia el mundo adulto de dos amigas de 19 años que, en
los 90, acaban de graduarse en secundaria. Con una premisa simple, con un dibujo que
va entre lo naive y lo gamberro, el Mundo Fantasma de Clowes se publicó a
partir de 1993 y supuso para el autor el reconocimiento unánime en el mundo de la historieta.
Enid y Rebecca, estas dos
malhumoradas “hipsters” cuyo dilema existencial el autor nos sirve en bandeja, se enfrentan a un verano sin nada que hacer salvo
charlar, mirar la tele, pasearse por la ciudad y criticar a todo personaje que
se les ponga delante, ya sean snobs,
cómicos, satanicos, alternativos, reivindicativos, mendigos, fulanas y un etcétera
tan largo como largos son los ocho capítulos del libro.
El estilo
con el que Clowes, un enamorado de la cultura de los
50 y el cine negro, retrata las peripecias de las dos amigas es neutro e
inexpresivo, con una estupenda
caracterización de los personajes (punto crucial a la hora de pintarnos esta
galería de frikis). El azul elegido para completar el blanco y negro da
frío; va bien para contar una historia lineal y poco dramática; les va bien a
estas dos protas que hablan entre ellas como aburridas, sin levantamiento de
cejas… que oyen de su amiga un notición mientras miran con gesto aburrido la
tele… La inexpresividad de las caras de Clowes sólo acentúa más esa sensación
de apatía.
Un gran punto a favor es la
simpatía por lo
políticamente incorrecto
que muestra el autor. Siguiendo la línea underground, en la narración podemos
toparnos como si nada con pedofilia como en una buena peli de Todd Solondz,
incesto, fantasías sexuales, nazis, asesinos en serie, adolescentes que sueñan
con ser prostitutas, snuff, canceres
extremos, pollas en los paquetes de galletas… ¿Uso o abuso?, ahí está el
dilema. De si estas chicas y sus conversaciones están erigiendo una interesante crítica social o una provocación facilona,
podría decirse que para gustos, colores. Sin duda la rebeldía contra lo
establecido está en la lista de ingredientes obligados para retratar la adolescencia.
Eso, junto a la excesiva importancia otorgada al look que muestran nuestras protas, la apetencia por las drogas y el sexo, el autodesprecio, la
obsesión por tener pareja… unido todo
ello al siempre presente
nexo con la
infancia
que, en el caso de Enid y Rebecca, se traduce en una
especie de peterpanismo y se muestra en varios símbolos, como el muñeco del mercadillo o el vinilo con la canción
infantil que Enid va buscando de tienda en tienda. Es una nostalgia
rabiosa, adolescente; es un querer
volver al útero como respuesta inmadura
a la complicación del mundo adulto.
Es un rechazo al mundo
adulto, en fin. Es la actitud punk, grunge… Es un no querer irme ni
quedarme, es el sueño de coger un autobús sin decírselo a nadie y empezar una
nueva vida, anónima, muy lejos.
De esa inmadurez, esa “rabia
adolescente”, ese torbellino mental, sale el retrato social que Clowes nos
muestra, como exprimido de una verdadera mente juvenil, como una galería de
personajes. No en vano, Enid se dedica a retratar a la gente, a comentarla luego
con su amiga: una colección variopinta de rostros e historias. Ya Hartford Advocate
comparó el libro de Clowes con el de Sallinger: efectivamente mientras lo lees
te viene a la mente muchas veces El
guardián entre el centeno, su retrato crítico y desgarrador, malhumorado y
humorístico, de la sociedad.
Eso hace Enid, o Clowes:
retratar gente. El libro entero es una apasionada
colección de personajes
al estilo Sallinger: se los describe odiándolos,
criticándolos, burlándose de ellos, riéndose de sus rarezas… pero adorándolos dentro de su estupidez,
de sus fallos y frikadas: de su imperfección, al fin y al cabo.
“Odio los cómics. Odio a todo aquel al que le gusten los cómics.”


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